La primera gran invasión

Llegaron a  las doce y media de la mañana de un martes 14 de diciembre.

Era una nave gigantesca, plateada, con la forma de una bandeja sopera del tamaño del Bernabeu, que se deslizó suave y silenciosamente por el límpido aire de Madrid entre el asombro, la consternación y el pánico de los ciudadanos.

El Grupo Operativo Permanente (GOP) del Alto Estado Mayor de la Defensa (AEMD) reaccionó velozmente ante la intrusión en el espacio aéreo español de un objeto volante no identificado. En cuestión de minutos se reunió un comité de expertos que decidió enviar una comunicación urgente notificando el acontecimiento a la Presidencia del Gobierno, así como un comunicado de prensa para los medios informativos. El GOP solicitó permiso para activar el RIATN (Respuesta Inmediata ante Ataques en Territorio Nacional) a la JUJEM (Junta de Jefes del Estado Mayor), quien a su vez tramitó la solicitud, con carácter de urgencia, para su aprobación por la Comisión Permanente de Defensa Nacional. Gracias a la celeridad de las reacciones y a la eficacia del sistema de respuesta, a las cuatro horas y media de haberse detectado la intrusión una escuadrilla de cazas EF-18 tuvo permiso para despegar y enfrentarse a la amenaza desconocida.

La amenaza desconocida, que desconocía naturalmente el impacto que había causado, ya había tomado tierra –hacía un par de horas– en medio de La Castellana, frente a la plaza de Colón. Miles de personas, venciendo el miedo, se agolpaban en las aceras y alrededores armados de cámaras fotográficas y teléfonos móviles. En cuestión de minutos, la zona se vio invadida por cámaras de televisión y periodistas de todos los medios que competían con los ciudadanos por ocupar posiciones privilegiadas para captar el extraño objeto. Varias unidades de la policía local, del cuerpo nacional de policía, de la policía autonómica y de la policía de seguridad de edificios oficiales colindantes, improvisaron un cordón de seguridad en torno al artefacto en tanto los primeros efectivos  militares en carros de combate (de los que milagrosamente sólo se averió la mitad en el desplazamiento a la zona de operaciones) tomaban posiciones defensivas.

A las cinco de la tarde, la gigantesca nave estaba perfectamente rodeada por ciudadanos, periodistas, policías y militares que protagonizaron un pequeño revuelo ante la llegada del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, quien se dirigió al oficial al mando para indicarle que tomaba el mando oficial. Como quiera que el militar se resistiera a entregar la responsabilidad del operativo, se originó una pequeña discusión que interrumpió la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, quien nada más llegar indicó que se hacía cargo de todo. La ácida y nueva discusión entre el militar, la presidenta y alcalde hubo de interrumpirse ante la llegada del presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, acompañado de la secretaria de Estado de Igualdad de Género, Bibiana Aído. El presidente advirtió a todos con voz recia que tomaba el mando de la situación y que Aído sería la responsable de llevar a cabo el primer contacto, en caso de que los extraterrestres fueran de sexo femenino.

Apenas se habían calmado los ánimos cuando, con un ominoso zumbido, un gran panel lateral de la nave se desplazó y descendió hasta el suelo de la Castellana una especie de pequeña escalera luminosa. El silencio se podía cortar con un cuchillo. El rumor del público, la voz de los locutores de radio y televisión y hasta el sonido del suave viento, enmudecieron repentinamente. Sólo para estallar en un incontenible murmullo cuando por la angosta escalinata se vio descender a tres gigantescos seres con aspecto de pulpo, cuatro patas y una gigantesca cabeza esférica, embutidos en trajes espaciales de color oro. “Ahora sí que la jodimos”, masculló el presidente mirando a Bibiana Aido quien tampoco podía discernir, a pesar de su escrutadora mirada, de que sexo eran los extraterrestres.

Armándose de valor, Rodríguez Zapatero avanzó erguido, solo y desafiante al encuentro de los tres seres que pese a la respetable estatura del presidente español, le sacaban como unos dos metros de altura. Allí, en medio de la Castellana, las cámaras pudieron grabar como el presidente gesticulaba con sus manos mientras los pulposos extraterrestres le examinaban con curiosidad. Nadie pudo escuchar el discurso pero a su término uno de los pulpos se inclinó y emitió una delicada serie de sonidos de baja intensidad que a tenor de lo posteriormente sabido, era un elaborado discurso en catalán. Finalizado este, con gesto de éxtasis victorioso, el presidente se giró hacia las cámaras de TV y público en general para exclamar: “!Vienen en son de paz. Son amigos!”. Dicho lo cual, miles de personas emocionadas, militares y policías incluidos, estallaron en una cerrada ovación. Los tres alienígenas, tras girar sus cabezas y observar atentamente a la muchedumbre, regresaron a la nave.

Ese fue el primer contacto.

Al día siguiente, el Parlamento español, en sesión de urgencia, convocó un pleno para que el presidente informara sobre lo acontecido. Las durísimas acusaciones de la oposición por no haber sido convocada a la recepción oficial de los extraterrestres y felicitación al ejército español ante la “eficaz respuesta” para salvaguardar la integridad de la patria ante invasión de seres de otro planeta contaron con el respaldo de todos los partidos nacionalistas. El Gobierno, en minoría de apoyos parlamentarios, hubo de transigir en la creación de una Comisión de Relaciones Extraterrestres formada por parte de la oposición.

El Presidente Zapatero guardó para el final de la sesión la traca final. Visiblemente orgulloso se dirigió a la tribuna de oradores para anunciar que los embajadores de la raza extraterrestre le habían comunicado su intención de crear una base permanente de su civilización precisamente en Madrid. La algarabía entre sus señorías fue histórica e histérica. Mientras desde la bancada popular gritaban “invasión, invasión”, desde los escaños socialistas se proferían alaridos de alegría y voces de “alianza de civilizaciones cósmicas”.

Líderes de todos los países del mundo y científicos de todas las naciones pidieron formar parte de un nuevo Comité Internacional, ya que los países desconfiaban de que los nuevos conocimientos que pudieran entregarnos los visitantes de otro planeta acabara en manos de una sola nación (la nuestra). El Gobierno anunció la creación de una Subcomisión Internacional de Relaciones Extraterrestres, dependiente de la Comisión Nacional, así como un Grupo Asesor  Científico Internacional dependiente del Centro Superior de Investigaciones Científicas.

Mientras, el Papa hizo pública la encíclica “Pulpis Veritati”, donde aseguraba que la existencia de vida extraterrestre inteligente no era incompatible con la existencia de un dios creador, aunque ni en el antiguo ni el nuevo testamento se contemplara siquiera remotamente la existencia de pulpos voladores, asegurando que los tres alienígenas probablemente fueran los famosos tres reyes magos que miles de años atrás visitaron la Tierra por primera vez para rendir pleitesía a Jesús de Nazaret.

Los pulpos comenzaron a recibir visitas de representantes del Comité Nacional de Relaciones Extraterrestres y de miembros subcomité internacional, así como del Grupo Asesor Científico. Representantes de los sindicatos españoles solicitaron al Gobierno datos fiables sobre el número de trabajadores e instalaciones que estaba previsto crear para la base permanente de los extraterrestres. Programas de televisión, como Gran Hermano, prometieron incluir en la siguiente edición a un extraterrestre en el personal recluido en la casa. Las revistas sensacionalistas especulaban “¿Será posible un cruce entre especies?” o “¿Qué pensarán los alienígenas de la muerte del pulpo Philp?”. Y editoriales especialmente agresivos indicaban que “no es extraño que los extraterrestres se hayan recluido en la nave, ya que su primer contacto fue con Zapatero. Es posible que nunca vuelvan a salir”. Leire Pajín aseguró que la “conjunción planetaria” de Zapatero y Obama era ya, de hecho, una “conjunción interplanetaria” porque la llegada de los pulpos a la tierra no debía ser ajena a la presidencia de ZP.

El Ayuntamiento de Madrid envió una comisión especial a la nave alienígena para hacer entrega de un cargo económico por ocupación del suelo público, solicitando el traslado de la nave a las afueras de la ciudad o, en su defecto, una zona despoblada de la Casa de Campo. Leire Pajín, a su vez, remitió un equipo de inspectores y médicos para verificar que la nave no emitiera gases contaminantes nocivos para la salud de los ciudadanos. Por parte del Ministerio de Industria, se solicitó a los extraterrestres un plan detallado de las instalaciones previstas para su base, número de empleos a crear, tecnologías que se aplicarían a su desarrollo y superficie total que ocuparían las instalaciones.

Las especulaciones y los enfrentamientos crecían por momentos. Grupos cada vez más numerosos de científicos advertían de la necesidad de analizar muy en profundidad a la nueva especie para determinar los posibles riesgos de su coexistencia con seres humanos, cosa que hubiera sido bastante razonable si no fuera por el incómodo detalle de que suponía, entre otras pruebas, el trámite de diseccionar a uno de los pulpos. Los sindicatos mayoritarios convocaron una manifestación frente a la nave exigiendo una contratación inmediata de los trabajadores necesarios para el inicio de las obras de la base extraterrestre. Las broncas entre los miembros del Comité de Relaciones Extraterrestres por tener el privilegio de visitar a los pulpos (ya que resultaba imposible que sus 180 miembros acudieran a la vez a la nave) empezaron a aflorar en los medios de comunicación. Y para colmo, paredes enteras de la nave, que flotaba a escasos centímetros del suelo, comenzaron a aparecer pintadas con mensajes amenazadores como “¡Recordad el pulpo a la gallega!” o “!Pulpos go home!”.

El día 25 desde su llegada a Madrid, un tripulante de la nave salió de nuevo hasta la puerta principal. Cruzando un rejo sobre otro, mantenido sobre sus otras dos extremidades, dedicó un corte de mangas a las pocas cámaras de televisión y público que aún quedaban presentes. Hecho lo cual, la nave se perdió en los cielos.

Ese fue el fin del contacto en la tercera fase.

Al día siguiente, el Gobierno de Zapatero emitió un lacónico comunicado. “Una vez más, España, vanguardia de las civilizaciones, ha sabido rechazar sin violencia la primera invasión alienígena del planeta Tierra”.

Y se convocaron elecciones generales.

About admin

Jorge Bethencourt es periodista y empresario. Fue subdirector del periódico Diario de Avisos, director de La Gaceta de Canarias y el primer director de la Radiotelevisión Canaria. Además ha sido consejero de RTVE y colaborador en diversos programas de radio y televisión. Es autor de varios libros y columnista habitual en los rotativos canarios. Presidió la Asociación de la Prensa de Tenerife entre 1995 y 2007. En la actualidad escribe en Criterios del periódico El Día, es comentarista editorial en el programa "La Portada" de Radio Club Tenerife (Cadena Ser) y dirige su propia agencia de prensa.
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