Las señales del fin del mundo

La voz grave del locutor finaliza con unas ominosas palabras: “Es el precio del calentamiento global que también afecta al subsuelo, dicen los científicos”. Y un escalofrío culpable recorre a miles de televidentes de toda España que acaban de ver como un gigantesco terremoto, el más grande registrado en su historia, ha sacudido importantes ciudades de Japón, seguido de un tsunami con olas de más de diez metros que arrasaron ciudades enteras. Y todo por culpa del calentamiento. Ahí queda eso. Despachado con un sucinto “dicen los científicos”. ¿Cuáles? ¿Quiénes son las fuentes de toda solvencia que vinculan un movimiento de las placas tectónicas con el agujero de la capa de ozono? No lo dicen, como es obvio. Porque en la religión del calentamiento global, como en todas, gran parte de las afirmaciones se basan en la fe ciega.

Un amigo, titulado universitario en una carrera de ciencias, mientras comentamos los sucesos de Japón, me comenta que hace unos días aparecieron muertas millones de sardinas en las costas de California.

-         ¿Y qué quieres decirme? ¿Qué lo de las sardinas muertas tiene que ver con el terremoto de Japón?

-         Por supuesto

-         Pero vamos a ver… Que Japón está en el quinto carajo de California. Que están muy lejos. ¿Qué tipo de relación estableces entre un terremoto con la muerte de las sardinas?

-         Ya sabes que los animales suelen anticipar cuando va a producirse un terremoto, se ponen nerviosos, se altera su comportamiento…

-         Eso es segundos antes, porque oyen el ruido

-         De eso nada. Todo esto son señales. ¿Es que no te das cuenta? El planeta nos está mandando señales

Señales. Los signos del fin de mundo. Las advertencias de Gaia. Antes del cambio de milenio, para el que se vaticinaba el ocaso de nuestra civilización, también se nos enviaban mensajes apocalípticos en donde se relacionaban hechos naturales con asuntos de trascendencia espiritual. Las crípticas profecías de Nostradamus, que tanto valen para un zurcido como para un bordado, volvieron a desenterrarse con desenfreno para encontrar en sus vaguedades una clarísima alusión a los acontecimientos que estábamos viviendo.

El atentado de las torres gemelas no sólo fue una salvajada cometida por un desesperado grupo de asesinos en represalia contra el pueblo norteamericano. Además estaba ya previsto en no sé qué textos proféticos e incluso, según pude leer en un opúsculo demencial, venía anticipado en una clave secreta de la Biblia. El tsunami de Indonesia, que se llevó por delante 230.000 vidas, también fue una señal inequívoca del paroxismo del planeta y semanas antes del desastre aparecieron varadas numerosas ballenas en las costas de Australia. Claro que los mamíferos marinos suelen encallarse con cierta frecuencia en las costas de todo el planeta. Lo que es una lata a los efectos de relacionar las misteriosas muertes de los animales con los fenómenos de la naturaleza.

Es de suponer que en el gran terremoto de San Francisco, en 1906, cuando los calentólogos aún no habían iniciado sus denuncias sobre la muerte del planeta, fue un aviso anticipado de la Tierra ante lo que se veía venir con la laca para el pelo, los tubos de escape de nuestros coches y las chimeneas de las fábricas.

La nueva fecha para la extinción del homo sapiens (dos palabras que se contradicen, pero así nos denominamos con un exceso de optimismo) es el año 2012 que será, según el calendario Maya, el fin de ciclo de nuestro planeta. Las fuerzas mitificadoras han empezado a funcionar afectando primero a los centros neurálgicos de la estupidez planetaria –Hollywwood a la cabeza, seguido de cerca por las grandes editoriales de best sellers—para irnos trabajando las meninges con adelantos de la catástrofe inminente que acaecerá, por supuesto, a causa de nuestros excesos industriales y nuestra irresponsabilidad con la Tierra, que es del viento y no de quien se la trabaja. El vertido de las costas de Florida, las inundaciones de Nueva Orleans, las erupciones de un volcán por allí, el huracán que azota un país por allá… las calamidades o los accidentes ya no suceden porque sí –porque siempre han ocurrido—sino porque forman parte de una cadena de acontecimientos predestinados, de una historia que ya estaba escrita y que tenía puesto un punto y final.

Tengo amigos que sostienen seriamente que estos acontecimientos son signos de una gran catástrofe que está por venir, mensajes que nos lanza el planeta para que nos demos cuenta de que se nos ha ido la mano (cosa que por supuesto no voy a negar, no vayan a pensar que por no ser calentólogo soy idiota). Y algunos, incluso, consideran que Zapatero es el anticristo (bueno, no se puede estar equivocado en todo). Yo a veces pienso que hay otras señales más evidentes de que este planeta se acerca vertiginosamente al caos. Pero no a causa del calentamiento global, sino del encabronamiento global.

No sólo están ardiendo y explotando las refinerías de Japón y en estado de alerta máxima las centrales nucleares niponas. Todo el planeta se consume en las llamas de la hipocresía más repugnante. Los países civilizados, conmovidos ante el drama de la guerra civil en Libia, han anunciado que intervendrán para evitar que Gadafi cometa una masacre con las fuerzas de la oposición al dictador que durante décadas disfrutó de toda la colaboración de las democracias europeas y de Estados Unidos. Es emocionante que después de haber permitido la gigantesca masacre de los Balcanes, la OTAN y los EEUU hayan encontrado nuevos umbrales de sensibilidad. Nuevos umbrales que sólo una interpretación mezquina podría relacionar con la existencia de petróleo y gas en el país africano. Es maravilloso que Barak Obama, que llegó a la presidencia anunciando el cierre inmediato de Guantánamo y sigue manteniendo un centro de tortura oficial patrocinado por el país de las libertades –¡si los padres fundadores levantaran la cabeza!- esté decidido a intervenir en un conflicto interno en un país soberano.

Ya puestos podrían haber intervenido,  él  y sus aliados de la OTAN, es decir nosotros, en la dictadura egipcia que no terminó en un baño de sangre porque al ejército no le salió de los cañones. O tal vez su yang en la conjunción planetaria que descubrió Pajín, nuestro presidente Zapatero, que después del “no” a la guerra de Irak parece convencido de que debemos meternos en todos los berenjenales que se monten por el planeta, debería plantearse no ya una intervención militar, que tal vez sea un exceso, sino un pequeño cambio de actitud con países donde se conculcan sistemáticamente los derechos humanos, se encarcelan a los disidentes políticos y se mata lenta y dolorosamente, física y mentalmente, la libertad de los ciudadanos, como es el caso de Cuba. Porque vale que, poderoso caballero es don dinero, tengamos que inclinar la hispánica testuz ante los yuanes de los inversores chinos, pero al menos tengamos la dignidad de ser intolerantes con los dictadores cuando sean unos desaharrapados.

La verdadera señal del fin del mundo es la maloliente realidad de líderes y países que interpretan las leyes y las reglas a sus conveniencias. Dentro y fuera de sus fronteras. Las auténticas señales son esas miles de familias que se horrorizan ante la televisión por la catástrofe de Japón sin ni siquiera haberse apercibido de la catástrofe que ocurre dos pisos más abajo o tres calles más allá, donde otra familia vive enmarañada en las redes de una nueva y sorprendente pobreza para la que nadie le había preparado. Los signos del final son la intolerancia y la violencia, física y verbal, de miles de seguidores de cualquier cosa (ecologistas, hinchas deportivos, militantes políticos, antisistemas, creyentes, agnósticos, ateos…) que ya no entienden más diálogo que la extinción intelectual del disidente.

Hay un tsunami que ha barrido ciudades enteras de Japón. Como hubo otro que azotó indonesia. Los miles de muertos saltan a los titulares y la buena gente se conmueve. Es lo que tiene cuando el personal se muere de golpe. Las millones de víctimas del hambre, de las enfermedades perfectamente curables o las guerras perfectamente evitables, no conmueven demasiado, porque se van espaciando por el pie de página de la actualidad. Hasta la muerte tiene que hacer marketing para llamar la atención. Lo saben hasta las sardinas japonesas, que se van a palmarla por millones a California para que se nos ponga la mosca detrás de la oreja.

About admin

Jorge Bethencourt es periodista y empresario. Fue subdirector del periódico Diario de Avisos, director de La Gaceta de Canarias y el primer director de la Radiotelevisión Canaria. Además ha sido consejero de RTVE y colaborador en diversos programas de radio y televisión. Es autor de varios libros y columnista habitual en los rotativos canarios. Presidió la Asociación de la Prensa de Tenerife entre 1995 y 2007. En la actualidad escribe en Criterios del periódico El Día, es comentarista editorial en el programa "La Portada" de Radio Club Tenerife (Cadena Ser) y dirige su propia agencia de prensa.
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