Este es el verano de nuestro descontento

Antes, en las redacciones de los periódicos, el verano era como la huelga del 29-S para los sindicatos, una gran putada. No había noticias. Uno sudaba porque había calor. Pero sudaba más porque no había informaciones que llevar a la primera página. Y se llegó a acuñar una frase entre irónica y despectiva sobre las “serpientes de verano”, informaciones buñuelo, infladas hasta lo indecible cuando no falsas, que se convertían en flor de estío, nacidas de la exageración y la necesidad de rellenar titulares.

Hoy no. Hoy es un chollo. El verano nos lleva hasta la costa del otoño a lomos de una ola de noticias que no necesitan empujones para entrar  en titulares.  Ahí están las declaraciones de Rodríguez Zapatero, como nacidas de una insolación, que comparó la economía española con la de Japón; una desafortunada equiparación con una potencia industrial que necesitó más de una década para recuperarse del prodigioso estampido que se metió a causa del estallido de su burbuja inmobiliaria.  Ahí está la huelga de multas que protagonizó la Guardia Civil de Tráfico, a la que el mismísimo ministro del Interior, Rubalcaba, suplicó que volvieran a sancionar; una huelga que ha dejado con las vergüenzas al aire a la Dirección General de Tráfico porque el número de accidentes no sólo no aumentó sino que disminuyó  (¡vaya por dios, era para recaudar, era para recaudar!). Ahí está el mayor exponente científico de nuestro tiempo, el  físico Stephen Hawking que ha decidido ayudarse a vender libros con un ensayo en el que afirma que la física contemporánea excluye la existencia de dios (lo cual además de ser una obviedad es una perfecta majadería con un valor residual de marketing). Ahí está la Unión General de Trabajadores que amenaza romper las plusmarcas del ridículo con unos vídeos a favor de una huelga general al parecer convocada no contra el Gobierno, sino contra Manuel Fraga y la oposición (igual hubiera dado una contra el Triceratops y la CEDA) en los que no se privan de presentar la figura del empresario español con un curioso sentido del  humor tan escaso de humor como pedestre (tal vez porque, como empresario, la propia UGT ha dejado a tantas familias colgadas de la brocha en sus funestas aventuras inmobiliarias de PSV o Fundescán. Si los empresarios hicieran un vídeo así burlándose de un obrero, correrían ríos de tinta y de sangre). Ahí está  el avión español  vendido por unos simbólicos cien euros curiosamente al país que liberó al terrorista del  Al Qaeda que permitió la liberación de los dos cooperantes españoles. Ahí está el profesor-héroe, señor Neira, quien después de ser encumbrado a los altares por la progresía reinante tras defender a una mujer (que afirmaba después no haberle dado vela en su posible entierro) cometió el error de aceptar trabajar para la derechona  en un Observatorio de Violencia de Género (Masculino) –esas cosas que crea la derecha para lavarse las enaguas—y, mucho peor,  de conducir bajo el efecto del alcohol (que como se sabe después del genocidio es uno de los peores delitos que se conocen). Y ahí está, por acabar, la solemne convocatoria de las elecciones autonómicas en Cataluña que –ha dicho mosén Montilla, líder socialista– no son unas elecciones cualesquiera sino unas históricas, porque van a marcar el destino de las generaciones futuras (es decir, el camino de la independencia catalana y la creación de un estado federado al resto de los estados que aún están por gestarse en ese útero de identidades que se llama España)

O sea, que está siendo un verano atípico. Como si hubiera también un cambio climático en el asunto de la información. Pero, con todo, lo que la ola final del verano nos está dejando en la costa es una cuestión mucho más importante: esa extraña tregua retroactiva que ETA ha lanzado sobre la mesa de la actualidad.

Ahora resulta que hace varios meses que la banda terrorista decidió dejar de matar. No tuvieron la previsión de avisarlo, pero más vale tarde que nunca. Ocurre que, situando las cosas en su contexto, la realidad se ha vuelto muy penosa para los terroristas vascos. Jamás han sufrido una persecución tan feroz y con tantos resultados como la que se ha producido en los últimos años. La colaboración internacional, especialmente de Francia, y la actuación política que culminó en el año 2003 con la ilegalización de Batasuna de acuerdo a la nueva Ley de Partidos (una medida en la frontera de la democracia, pero bastante eficiente desde el punto de vista práctico), ha conseguido mermar los efectivos de la banda terrorista e impedir la actuación política de los que claramente se situaban como sus representantes legales.

De forma excepcional, los partidos políticos en España se pusieron de acuerdo para lanzar un mensaje a los terroristas: “si juegas fuera de la ley, no juegas dentro”. La expulsión de los independentistas radicales vascos situados en la órbita del apoyo a la lucha armada de los procesos electorales ha cercenado la posibilidad de continuar la acción política desde dentro del sistema democrático. Y nada debe ser más terrible, más descorazonador y más frustrante para los radicales vascos que mirarse en el espejo de Cataluña. Euskadi, en términos de soberanía, sigue donde estaba ayer. Cataluña, sin el recurso de una violencia ciega e inútil, ha conseguido celebrar consultas de autodeterminación, ha llevado al Gobierno a partidos que defendían la independencia nacional y la creación de un estado catalán, ha dado sus primeros pasos en la creación de una política exterior propia con la creación de “embajadas “ catalanas en el extranjero (pónganles el eufemístico nombre que quieran) e incluso ha logrado aprobar en las Cortes un Estatuto que desborda los límites de la Constitución y ha provocado, de facto, un proceso de reforma para que la chapuza tenga apariencia de legalidad, situando a los catalanes en un diálogo bilateral con el propio Estado.

Es decir, que tanta muerte, tanta sangre, tanta violencia, ha sido para nada. Y esa debe ser una comprobación demoledora para los que creyeron que a fuerza de tiros en la nuca podrían cambiar la historia. La “tregua retroactiva” que ETA ha puesto sobre la mesa, la aparición de negociadores internacionales que se han estado reuniendo con representantes de la banda, no es otra cosa que una muestra convincente de la sensación de fracaso de quienes, al fin y al cabo, perseguían un objetivo político del que siguen tan lejos como antes. Esto no quiere decir que ETA no pueda matar. No nos engañemos. Es tristemente fácil. Quiere decir que los de la pistola se han convertido en una rémora para quienes quieren cambiar el Estado desde dentro.

Para un presidente como Rodríguez Zapatero, que ha protagonizado uno de los mandatos más funestos de nuestra democracia en el terreno de la recesión económica, el abandono de la lucha armada de ETA no es sólo una línea gloriosa en el paraíso de las consultas de Wikipedia. Es una corona de laureles que ha perseguido entre incomprensiones, críticas feroces y, encima, traiciones de la propia banda armada que fue capaz de volar los aparcamientos de Barajas casi al mismo tiempo en el que él anunciaba con satisfacción el mayor periodo de paz en la vida española.

Pero ¿qué haremos con los cientos de muertos y heridos, con los miles de familiares destrozados¿. ¿Qué haremos con esos recuerdos?. ¿ETA abandona las armas y nosotros la memoria? El final del terrorismo acabará con unos problemas y nos planteará algunos nuevos. ¿Los muertos futuros que podemos salvar son más importantes que los muertos del pasado? Naturalmente que oiremos frases grandilocuentes, declaraciones que garantizarán el cumplimiento íntegro de las condenas, la aplicación de la Justicia a rajatabla. Nadie que haya visto procesos de paz, que haya visto a Otegui viajando en avión privado pagado por el Gobierno, procesos de acercamiento de presos o a De Juana Chaos paseando por los jardines de un hospital, estará predispuesto a creerse de verdad esas palabras.

Esa es la cruda realidad que nos trae esta ola de final del verano. El resto del naufragio de la violencia que llega hasta la playa de un país de parados, de crispaciones, de demagogia. Un país de apasionados e intolerantes. De oportunistas y electoreros. Un país en tela de juicio, sacudido por un parto secesionista, una crisis de modelo de Estado y una administración pública elefantiásica que amenaza con arruinarnos a todos. La playa está a tope, entre impagados y huelgas, entre moros y cristianos, entre elecciones e independencias, y ahora llegan los de la bomba lapa para poner la toalla. Que el dios en que no cree ni Hawking ni un servidor nos coja confesados.

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Jorge Bethencourt es periodista y empresario. Fue subdirector del periódico Diario de Avisos, director de La Gaceta de Canarias y el primer director de la Radiotelevisión Canaria. Además ha sido consejero de RTVE y colaborador en diversos programas de radio y televisión. Es autor de varios libros y columnista habitual en los rotativos canarios. Presidió la Asociación de la Prensa de Tenerife entre 1995 y 2007. En la actualidad escribe en Criterios del periódico El Día, es comentarista editorial en el programa "La Portada" de Radio Club Tenerife (Cadena Ser) y dirige su propia agencia de prensa.
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