La estrategia del acondicionamiento

 

“Trescientos mil parados os contemplan”, habría dicho Napoleón Bonaparte a sus señorías. Mintiendo, claro. Porque los miles ciudadanos –parados o no — lo que realmente contemplan es la televisión y, más concretamente, a Belén Esteban, la película porno de los viernes o los resúmenes de fútbol. Eso de cascarse el debate del Parlamento de Canarias sobre el estado de la cosa nacional macaronésica, como que no mola.

Y eso que la cosa nacional está fule. La caída del consumo, la pérdida de empresas y puestos de trabajo y el encarecimiento de la vida en las islas afortunadas nos ha situado en un periodo de estancamiento económico. Pero claro, qué se puede esperar si hace años que no hemos dado una a derechas. Para empezar, decidimos jubilar pomposamente toda una tradición económica y fiscal de libertades comerciales y exenciones fiscales. Lo hicimos porque en Canarias se ha reproducido, miméticamente al resto del estado, una administración gradilocuente que naturalmente se alimenta de los tributos con que carga a las actividades de empresas y trabajadores, lo que casa muy mal con una economía de libertades y baja imposición. Lo hicimos porque a Madrid y a Bruselas le venía muy mal tener un agujero fiscal dentro del territorio del Estado español, así que nos ofrecieron sibilinamente un entrañable y compasivo paquete de “medidas compensatorias” para suavizar nuestro aterrizaje en una fiscalidad y un comercio de carácter continental. Lo hicimos porque nos dieron a elegir entre una vida de libertades, competencia y superación y otra de subvenciones, dependencia y comodidad y optamos por la segunda. Lo hicimos de la misma forma que permitimos que la industria tabaquera canaria fuera extinguida lenta y primorosamente, primero por el Monopolio de Tabacos del Estado, con la inestimable ayuda de unos viejos industriales canarios absolutamente incapaces y obsoletos, y después por la empresa heredera del monopolio que no podía permitirse tener en las Islas Canarias una plataforma para las grandes multinacionales. Lo hicimos de la misma forma en que nos peleamos aquí entre las dos grandes capitales por dos metros más o menos de muelle mientras las grandes inversiones de fondos europeos se iban para los superpuertos africanos que a su vez construían las grandes empresas europeas (para que el dinero se quede en casa). Lo hicimos con esa indolencia con la que nos hemos permitido deslizarnos por una incompetencia general que nos ha traído hasta una dependencia estructural de los fondos públicos provenientes de otras administraciones.

Pero es que, además, en el año 2003 se aprobó una ley de directrices que regula prácticamente todos los ámbitos de las actividades productivas en Canarias. La moratoria congeló el suelo turístico provocando además dos efectos indeseables. Primero, antes de su entrada en vigor, la aceleración de proyectos que se lanzaron a trompicones para ponerse en el mercado antes de que llegara el parón. Segundo, que una vez detenido el crecimiento turístico, el suelo comenzara a caer en manos de entidades bancarias o grandes propietarios, los únicos capaces de mantener los créditos contraídos por cientos de empresarios a los que se les congeló su aventura en el terreno turístico. (De la tercera consecuencia, como es que sólo cuatro grandes grupos económicos obtuvieran bula parlamentaria para saltarse la moratoria, mejor no hablo si no es en presencia de mi abogado)

Eso de que un Parlamento apriete el freno del único sector que se desarrollaba con éxito en las Islas constituye un precedente inédito en el terreno de la eutanasia económica. Las cifras no prueban nada –salvo la coincidencia—pero es un hecho que al año siguiente de la aprobación de la Ley de Directrices y Ordenación del Territorio, el Producto Interior Bruto canario, que había venido creciendo por encima de la media nacional, se situó en tasas de crecimiento claramente inferiores.

En el debate sobre el Estado de Canarias de este año, sus señorías, además de las puyas de siempre, ondearon las mismas banderas que antes que ellos plantó Zapatero en las almenas del estado del malestar español. A saber: que desde los poderes públicos canarios se habían realizado ingentes esfuerzos para la creación de empleo, para la formación y para la reactivación económica. Lo mismo podían haber dicho que ante el acceso de tos habían procedido a rascarse ese lugar donde la espalda pierde su honesto nombre. Porque es una cosa tan evidente que hasta produce hastío repetirla, que el único empleo que son capaces de crear los poderes públicos es el de los funcionarios, terreno en donde Canarias ha jugado un importante papel creando nuevo empleo público (más gasto público) en medio de la más cruda recesión económica. Lo de las medidas anticíclicas, el aumento del gasto social, la inversión productiva y demás zarandajas, es una receta que, a la vista de cómo ha funcionado en el resto del estado, no funciona. Porque lo funciona, lo único que funciona, es que la administración se aplique a la reducción de gasto y extraiga menos dinero de las actividades productivas y la economía real. Lo que funciona es que se permita el desarrollo de las actividades empresariales que produzcan más y mejor empleo y más y mejor riqueza. Lo que funciona es meterle mano a unos poderes públicos pantagruélicos que se han convertido en una losa presupuestaria con la que tenemos que cargar trabajadores y empresarios, en la primera enemiga de la sencillez administrativa, en una carrera de obstáculos legales para cualquier iniciativa.

José Manuel Soria, que se debe haber dado un golpe en la cabeza porque casi todo lo que dice últimamente suena sensato, leyó la letra de una canción muy parecida a la realidad. Y Paulino Rivero, que subió a la tribuna con otro golpe pero asestado con un hierro,  tocó con la yema de los dedos el gran asunto de un Régimen Económico y Fiscal que en muy poco tiempo será decisivo para saber si Canarias es capaz de desandar el camino de sus errores para regresar al modo de vida que durante décadas le proporcionó la capacidad de prosperar. Pero a todos les faltó claridad expositiva –probablemente porque las citas electorales producen el natural acojono para afrontar la cruda verdad— para establecer que la primera gran reforma de Canarias está en un proceso de deconstrucción; en la reducción inclemente de este disparate de administración duplicada y bicéfala que paga muy caro el tributo de la vanidad del pleito capitalino, en la clarificación del papel de los Cabildos dentro de la gestión del gobierno y en la liquidación inaplazable de esa pléyade de ayuntamientos absolutamente innecesarios y onerosos.

El presidente de Canarias aseguró que estas islas tienen futuro. Eso, por lo obvio, no le sitúa precisamente como un gran visionario. La cuestión es qué clase de futuro nos espera. Porque el presente presenta un creciente y espeso color oscuro con tendencia al negro de los sobacos de un grillo. No son las palabras las que nos van a sacar de este marasmo, son las acciones. Aunque las unas preceden a las otras. Y no he escuchado en el Parlamento palabras que anuncien otra cosa que más de lo mismo. Tal parece que no se han apercibido, nuestras valiosas señorías, de que las Islas necesitan revisar de una forma profunda y urgente los costos de su administración y las reglas del juego de su economía y su fiscalidad. Tal vez no les haya llegado la ola que viene ahogando a tanta gente durante tanto tiempo en esa otra realidad de la calle situada tan abajo del parnaso de Teobaldo Power.

O tal vez el retrato de Canarias se encuentre en la espuma de otras olas. Tal vez en esos 82 millones de euros adjudicados por la Consejería de Obras Públicas y Transportes del Gobierno de Canarias  para el acondicionamiento de la carretera LP-2, en La Palma, entre Tajuya (Los Llanos de Aridane) y San Simón (Mazo). Unos 30 kilómetros de asfalto a 2,6 millones de euros el kilómetro (unos 432 millones de las viejas y entrañables pesetas). Una arteria fundamental para comunicar un núcleo de unos 30.000 habitantes con el aeropuerto y la villa de Mazo, con unos 6.000 habitantes. Esto debe ser lo que se llaman decisiones estratégicas y de futuro aunque el objetivo final de estos esfuerzos se escapa a la humilde comprensión de mis neuronas. Debe ser que yo, para dejar volar en las islas mi imaginación, también necesito una obra de acondicionamiento.

About admin

Jorge Bethencourt es periodista y empresario. Fue subdirector del periódico Diario de Avisos, director de La Gaceta de Canarias y el primer director de la Radiotelevisión Canaria. Además ha sido consejero de RTVE y colaborador en diversos programas de radio y televisión. Es autor de varios libros y columnista habitual en los rotativos canarios. Presidió la Asociación de la Prensa de Tenerife entre 1995 y 2007. En la actualidad escribe en Criterios del periódico El Día, es comentarista editorial en el programa "La Portada" de Radio Club Tenerife (Cadena Ser) y dirige su propia agencia de prensa.
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