Lo que es y lo que no es

La actualidad es como aquel viejo dios cruel que devoraba a sus retoños. Y como entre la actualidad y los ciudadanos actúan los intermediarios de la información, esto se ha convertido en un paraíso de la comida rápida, contenidos elaborados de forma apresurada o simplemente presentados tal cual -“está pasando, lo están viendo”- y abandonados rápidamente en cuanto aparece otra novedad con la suficiente carga emocional como para sustituir a las noticias viejas. Como en cualquier adicción, la sociedad de la información global va elevando constantemente sus niveles de tolerancia y necesita, para sentir los mismos estímulos, mayores dosis de impacto.

Hoy es noticia un maremoto que se lleva por delante miles de vidas. Y los consumidores de información permanecen atónitos ante las devastadoras imágenes de toneladas de agua en las que flotan los restos de ciudades borradas de un papirotazo. Pero apenas hemos terminado de digerir la catástrofe, el saturniano monstruo de la información encuentra otro bocado que llevarse a las fauces con unos reactores nucleares que parecen escapar al control de los científicos y técnicos. El apocalipsis nuclear es un tema con resonancias sociales inagotables, así que las olas del maremoto desaparecen del hit parade para ser sustituidas por un alarmismo justificado ante el fantasma de nubes radiactivas que cruzan la atmósfera transportadas por un viento mortal. Y cuando los científicos parecen controlar el incidente atómico y el amarillismo desplegado sobre la catástrofe carece de combustible para alimentarse adecuadamente, pasa a ocupar el primer plano (o la primera plana) el ataque de las democracias aliadas sobre las fuerzas del coronel Gadafi en Libia –al que súbitamente hemos descubierto como un repugnante y zafio dictador— y desaparecen discretamente las olas destructoras, los muertos de las olas y los reactores atómicos sin muertos.

Hace ya unos meses, desde diciembre de 2010, que dos marineros españoles se encuentran en poder de piratas somalíes. Sobre su incierto destino se puede leer algo, de cuando en cuando, en pequeñas informaciones que asoman con timidez a la prensa. No hace falta discurrir mucho para pensar en que sus vidas corren un serio peligro, teniendo en cuenta que hay dos piratas encarcelados en España y que podría tratarse de una venganza en toda regla. Si echamos la vista atrás, hacia el secuestro del Alakrana o el de los cooperantes capturados por Al Qaeda del Magreb, es obvio que las diferencias en el tratamiento de la información son abismales. No hablo ya de los errores cometidos por quienes entendieron que pagar era la mejor fórmula para liberar a los rehenes (frente a los que advirtieron que pagar era sólo el mejor sistema para que el negocio de los secuestros siguiera funcionando) sino pura y exclusivamente del despliegue mediático con el que contaron los secuestrados y que jugó, inevitablemente, a su favor.  La presión de los medios informativos ejerció un papel determinante en la toma de decisiones de unos políticos que gobiernan a golpe de titular y que vivieron, como el resto de la sociedad, el relato pormenorizado del serial mediático montado en torno a esas personas sometidas a cautiverio y con su vida al borde del precipicio.

De los dos nuevos secuestrados habrán leído ustedes poco o nada. Porque no son noticia. Porque sus vidas, al parecer, no “pesan” informativamente hablando lo mismo que las otras. Porque el tema de los piratas somalíes ya no vende. Porque es un asunto reiterativo y la gente ya está por otra cosa, ocupada con los maremotos, la ruptura de los átomos o, ahora, el bombardeo de la jaima de Muhamad el Gadafi que en vez de armas de destrucción masiva ofrece como coartada la masiva matanza de civiles.

La percepción de la vida a través de los medios informativos es como la del que viaja en un tren. A medida que aumenta la velocidad, las cosas que vemos frente a nuestros ojos se van perdiendo irremediablemente en la distancia. Tanta distancia que cosas relativamente recientes nos parecen propias del siglo pasado, como aquel tsunami que se llevó la vida de casi un cuarto de millón de personas en Indonesia. Eso, hasta cierto punto, es inevitable. Los trenes de hoy son más rápidos que los antiguos y apenas nos da tiempo de echar un vistazo por la ventanilla a la realidad que va desfilando vertiginosamente ante nuestros ojos. Pero ocurre que el exceso de información que tenemos que procesar está afectado también de una forma moral a nuestra percepción de las cosas.

La vida de esos dos marineros secuestrados es relevante, con independencia de su repercusión mediática. Y aunque hayan pasado como un borrón fugaz por delante de las narices de televisiones, radios y periódicos, siguen ahí detrás, perdidos en la distancia informativa, siendo sin ser para el universo de los consumidores compulsivos de emociones, catástrofes y violencias cotidianas. La vida de las familias de esos dos niños desaparecidos en Canarias, hace ya la friolera de casi cinco años, sigue siendo la de quien mira por la ventana de un tren detenido en el tiempo, esperando una respuesta que no llega. La vida de los que han desembarcado de bruces en una pobreza con la que no soñaban, sin poder pagar su hipoteca al banco, ni las más elementales compras, ni los gastos esenciales de la familia, existe como un drama por sí mismo, más allá de que sean flor informativa de un día en las declaraciones del responsable de una organización benéfica o un representante social.

Todo eso existe y está más cerca que las bombas que los ejércitos de la libertad están dejando caer sobre emplazamientos estratégicos de Libia, destruyendo armas vendidas por los mismos que están atacando, en un perfecto ciclo de Krebs económico de la producción y el aumento de la demanda. Esos seres que van cayendo en el olvido, porque la actualidad está ocupada en devorar alguno de sus nuevos vástagos más ricos en proteínas informativas (más sangre, más sexo, más desastre, más espectáculo, más madera esto es la guerra) tienen una existencia dramática, incluso en el caso de estar muertos, independiente de la atención que reciban por los intermediarios de la información.

Pero en este tren, desgraciadamente, lo que no se ve por la ventanilla no existe. Lo que no sale en televisión no es noticia. Lo que no consumen los electores no afecta de la misma forma a quienes dependen de ellos. La imagen distorsionada de una Fukushima cataclísmica, con un siniestro –e imposible—hongo nuclear ascendiendo a los cielos de Japón, provocó la apresurada revisión de la política nuclear en los países europeos y hasta una persona tan sensata como Angela Merkel perdió las enaguas anunciando con oportunismo un frenazo atómico. Mientras las petroleras se frotaban las manos porque la angustia del holocausto medioambiental viajaba del golfo de Méjico hacia el país del sol naciente, los consumidores se adentraban con fruición en la degustación de un nuevo paisaje que venía a sustituir a las gigantescas olas que, siendo como son asunto de la madre naturaleza, dan mucho juego visual pero uno no tiene a nadie a quien echarle la culpa.

Hablar de esas cosas que pasaron ante nuestros ojos, de esos niños canarios que ya no vemos (que quizás por no ser  tan mediáticos como aquella pequeña inglesa ocuparon menos espacio en la crónica fugaz de la actualidad) o de esos desconocidos marineros que hoy siguen en cautiverio, está mal visto por los poderes públicos que lo que piden, quieren y pocas veces consiguen, es trabajar “en paz” en la resolución de esos problemas, aunque finalmente nunca se acaben de resolver. Hablar de la pobreza es una lata, porque no se puede solucionar con titulares. Por muchas noticias que hagas no van a conseguirse mayores resultados en la búsqueda de los desaparecidos o en el rescate de los secuestrados. A veces, incluso, es contraproducente. Te dicen. Pero son ellos mismos los que nos lanzan trozos de hueso políticamente correctos con los que sí quieren ocupar la ventanilla de la actualidad y la vista de los ciudadanos. Porque la experiencia les ha enseñado, y a mí también, que mejor el combustible para aumentar la eficacia en sus responsabilidades y el éxito en su trabajo, es la presión mediática que hoy se dispersa en una conveniente verdulería de insultos, esperpentos y escándalos de medio pelo.

Cuando veo hacer un test de embarazo, en directo, a una desconocida señora en un programa del corazón de gran audiencia, la ventanilla de mi vagón corre peligro de oscurecerse con el vómito. Esa es la actualidad. Desde mi asiento en este tren –que para cada pasajero descarrilará en un momento diferente—intento girar la cabeza para seguir viendo lo que no me enseña el paisaje inmediato. Intenten, de vez en cuando, por ellos, por esa gente que no sale, que se quedó atrás o fuera de plano, hacer lo mismo.

Twitter@JLBethencourt

 

About admin

Jorge Bethencourt es periodista y empresario. Fue subdirector del periódico Diario de Avisos, director de La Gaceta de Canarias y el primer director de la Radiotelevisión Canaria. Además ha sido consejero de RTVE y colaborador en diversos programas de radio y televisión. Es autor de varios libros y columnista habitual en los rotativos canarios. Presidió la Asociación de la Prensa de Tenerife entre 1995 y 2007. En la actualidad escribe en Criterios del periódico El Día, es comentarista editorial en el programa "La Portada" de Radio Club Tenerife (Cadena Ser) y dirige su propia agencia de prensa.
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